ACERCA DEL MODELO GOOGLE

20% DE NUESTRO TIEMPO PARA CREAR PROYECTOS PERSONALES

Google es el buscador de Internet más práctico y efectivo que ha posicionado su marca a nivel mundial, logrando la preferencia de millones de usuarios. A nivel administrativo, la idea de formación de esta empresa revolucionó el funcionamiento organizacional tradicional. Los aciertos logrados por Google se han convertido en un ejemplo para el impulso de empresas más innovadoras, en donde se destaca la importancia que se brinda al recurso humano que es considerado el motor de la organización, y sobre la base de la motivación, permite que la empresa crezca.

En este sentido, y de acuerdo con los puntos que propone Bernard Girard, relacionados con la importante inversión para contratar al mejor personal, el mismo que es motivado permanentemente a fin de conservar la reputación de la empresa; así como la creación de pequeños grupos de trabajo con el fin de facilitar las comunicaciones y potenciar el aprendizaje en menor tiempo posible y con costos de inversión reducidos; a todo esto se suma la intención de invertir el 20% del tiempo para dedicarlo a proyectos personales y de este modo abrir espacio para la creatividad y la innovación al interior de la empresa.

En este sentido, en Google se han tomado muy en serio el concepto LEPT, que significa el lugar estupendo para trabajar, y que permite motivar a los empleados para mejorar sus destrezas creativas con la finalidad de ofrecer constantemente un mejor servicio a la comunidad. Este es un ejemplo que en la actualidad muchas organizaciones están poniendo en práctica a nivel mundial. Y es que el ejemplo Google es tema de análisis en materia de comunicación organizacional sobre lo que se debe hacer en una empresa. Allí se puede apreciar cómo los empleados de Google tienen muchos beneficios que contribuyen a mejorar su trabajo; se puede observar desde sitios de relajación para empleados, hasta facilidades de trámites externos personales que evitan que salgan de de su lugar de trabajo.

Aunque en el Ecuador es aún complicado implementar estas ventajas, no es imposible. El tema de crear un excelente clima laboral incluye actividades que se pueden generar usando el 20% del tiempo de la empresa para dedicarlo a proyectos personales. Es un trabajo conjunto entre los directivos, el personal encargado de comunicación interna y de recursos humanos, quienes tienen la responsabilidad -en primer lugar-  de mantener al personal informado de todas las actividades de la empresa para que los propios empleados se sientan tomados en cuenta de todas las actividades que ejecuta la organización.

Partiendo de allí, hay una serie da actividades e insumos importantes que se pueden realizar de acuerdo a las necesidades de la empresa, y también que vayan acorde con presupuestos. En el caso de una institución que dirige su atención mediante productos de ayuda social a favor de la comunidad, es indispensable crear un ambiente generador de confianza ya que el público –en su mayor parte de escasos recursos- debe recibir atención de calidad en razón de que estamos atendiendo a seres humanos que merecen buen trato, y no brindar servicios pobres para gente pobre.

En este sentido, y tomando en cuenta el hecho de que aún no existe la costumbre de crear el ambiente google, lo primordial sería facilitar el trabajo con instrumentos indispensables para el trabajador, con espacios de recreación. Sobre los insumos indispensables, se hablaría de dotar de equipamiento de punta, materiales de calidad (y cantidad), oficinas agradables acorde a las necesidades y gustos del trabajador. En cuanto a los espacios de recreación, son importantes los espacios lúdicos para reducir el nivel de estrés o la monotonía; entre otros instrumentos y facilidades válidos para evitar pérdidas de tiempo y que estarían a cargo del servicio social de la institución en caso de que los empleados tengan calamidades de cualquier tipo.

La motivación y la generación de espacios para la creación de proyectos personales, no necesariamente exigen exclusivamente de charlas que pueden terminar fastidiando al empleado, sino de una serie de acciones que brinden estabilidad, respeto y confianza en el empleado.

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“Economía de la colaboración entre grupos humanos”, es el término utilizado para definir wikinomía, que se utiliza para un sistema económico introducido por primera vez a partir del concepto de trabajo prosumo en 1996 por Don Tapscott, en el libro Economía Digital, y desarrollado junto a Anthoy D. William en “Wikinomics: La Nueva Economía de las Multitudes inteligentes, donde en ambas obras explora cómo las nuevas tecnologías de la información, denominadas web 2.0, han revolucionado la economía tradicional.
Y es que, hasta hace algún tiempo, el sistema de colaboración era una práctica meramente familiar que poco a poco se fue convirtiendo en algo comunitario a pequeña escala. Con el avance de las nuevas tecnologías, especialmente las relacionadas con el mundo virtual (internet con sus redes sociales por ej.) se ha visto el desarrollo acelerado de la forma de colaboración existente entre personas e instituciones para lograr un objetivo, el mismo que permite visualizar las actividades, posicionar a la organización y crear una imagen de una manera alternativa y sin mayor inversión económica, pero que significará ganancias para la empresa o institución pública.
El acelerado crecimiento de las nuevas tecnologías y su fácil acceso por parte de la comunidad, ha obligado a las instituciones a involucrarse en este mundo virtual y facilitar a la comunidad información de primera mano que motive mayor participación ciudadana, y con esto motivar también la colaboración, crear valor y competir. Hace que la gente sea más innovadora y desarrolle destrezas para crear riqueza en todos los sectores de la economía. Es así que millones de personas están trabajando para producir nuevos bienes y servicios, o como indica el texto “producción entre semejantes”, como lo que ocurre con las redes sociales de internet: Wikipedia, Linux, etc.
El nuevo concepto de colaboración, en este sentido, trata sobre la producción que se da entre semejantes a través del desarrollo de las destrezas humanas, y esta confluencia del talento humano, desplazara con el tiempo las jerarquías tradicionales de producción, que han sido consideradas el motor de la generación de riquezas. Para esto, es imprescindible que las organizaciones cuenten con la apertura necesaria para crear nuevas ideas e involucrar a nuevos actores que se consiguen en las redes sociales, y que con esto crea jerarquías horizontales, es decir, mayor democracia intra organizacional.
Con todo lo dicho, es importante resaltar, desde mi posición de formar parte de una institución pública, que las facilidades de acceso a la tecnología han avanzado en las instituciones públicas a un ritmo no tan acelerado, pero con algunas ventajas que permiten trabajar en la promoción de las actividades que se realizan, pero de una manera no tan interactiva con el público. Considero necesario la implementación del trabajo que ejecutan las diferentes áreas, programas o proyectos de mi institución, que sean visualizadas de una manera más participativa mediante el aprovechamiento de las redes sociales que nos ofrece internet.
Esta aplicación permitirá una mayor interconexión con el público y la posibilidad de generar nuevas ideas para introducirlas en nuestra labor; asimismo, considero a esta forma de comunicación, un termómetro para medir el impacto de nuestros programas, e ir desarrollando, mejorando o cambiando las formas de acción de acuerdo a las necesidades del tipo de público al que atendemos. También es una manera de aplicar productividad desde un punto de vista más cercano al público y con la ventaja de absorber nuevas ideas que brinden mayor productividad a bajo costo.

La noche del Cuscungo

Autor: Sebastián Cárdenas Medina

Hace una semana, en la mitad de una tarde  de lluvia, mi gato Peto salió por la ventana. Esto no era una actitud normal en Peto, ya que siempre fue holgazán; le encantaba recostarse junto al fogón de la cocina de leña y, como a todos los gatos, no le gustaba el agua. Pero nadie se preocupó de que al llegar la noche, Peto aún no había vuelto.

A la mañana siguiente, me levanté temprano, saludé a mi mamá, que aventaba la leña para hervir la leche que mi hermano traía,  lechecita recién ordeñada, calientita y espumante. Peto no llegaba; ni siquiera ni había dormido en casa. Lo más extraño fue ver al abuelo fuera de la casa, sentado en el portal, con la mirada fija en el bosque, con sus manos apoyadas en su bastón, que no era otra cosa que una rama vieja pero muy fuerte del árbol de capulí del patio trasero.

Hacía mucho frío. El rocío de la mañana caía sobre los campos como una gran sábana blanca que apenas permitía mirar el verdor de los pastos.

La leche caliente estaba servida en la mesa. Coloqué mis manos alrededor del gran jarro de barro para calentarlas. Mamá sacaba del horno unos ricos panes de centeno rellenos de semillitas de anís. Mi hermano tomó sus cosas y partió con mucha prisa a la escuela. Mientras tanto, el jarro de leche de mi abuelo seguía humeando sobre la mesa.

El abuelo tiene ya noventa años, pero siempre ha sido un hombre  muy fuerte y ha trabajado la tierra con sus propias manos. Nunca dejó de compartir la mesa con nosotros; todo lo que tenemos hoy se lo debemos a él. Sin embargo, esa mañana parecía muy envejecido; se lo veía preocupado; su rostro moreno y tostado por el sol, ahora se arrugaba sin dejar de mirar las copas de los árboles. Fue entonces cuando tomé su jarro de leche y fui hasta su lado, lo deposité aún caliente entre sus manos que estaban muy frías por la brisa de la mañana.

– ¿Qué miras abuelo?, le pregunté mientras me sentaba a su lado para intentar descubrir el objeto que tanto le llamaba la atención.

– Nada hijo, no miro nada, espero a alguien que vendrá muy pronto de entre aquellos árboles -me respondió mientras pasaba una de sus pesadas manos sobre mi cabeza.

-¿Y a quien esperas, abuelo? ¿Quién vendrá por aquí tan temprano en la mañana y atravesando el bosque? -volví a preguntar más intrigado que antes.

Querido Rogelio, voy a contarte algo que me contaron mis abuelos cuando era yo muy niño, y a mis abuelos se lo contaron sus abuelos, y bueno… ya es hora de que lo sepas -sorbió fuertemente del jarro de leche, luego lo dejo a un costado y me volvió a mirar diciendo:

– Estoy esperando la llegada del Cuscungo, y es muy probable que no llegue en la mañana, sino más bien al empezar la noche, pero quiero estar listo para cuando él venga. Por tu cara de extrañeza, puedo entender que no sabes quién es el Cuscungo.

A esto yo respondí obviamente que no, moviendo a los costados mi cabeza. Jamás había escuchado de él, y tampoco sabía por qué venía por el bosque y no por el camino -Te lo voy a explicar -continuó mi abuelo -. El Cuscungo es un ser que viene por la gente anciana, como yo, y a veces por las personas muy enfermas. Se las lleva a través del bosque, a un lugar donde podremos descansar de tanto trabajar, y donde nos sentiremos muy bien. Pero sólo sale por las noches; extendiendo sus largas y blancas alas, se acerca a las casas, y para cuando todos despiertan, los ancianos de a donde fuere el Cuscungo… ya no están más. Decía mi abuelo, así como ahora te lo cuento a ti, Rogelio, que los gatos viejos como Peto, se escapan en las tardes lluviosas y al atravesar los bosques se convierten en el Cuscungo, y nunca más vuelven a sus casas y tampoco vuelven a ser gatos. Por lo tanto, Rogelito, los Cuscungos son animales cuya apariencia es igual a la de una lechuza pero con ojos de gato, con fuertes garras y uñas poderosas. Cuando se acercan a las casas de quienes se llevarán, se posan sobre los tejados y emiten un sonido lastimero, parecido al llanto de un niño recién nacido. Así es como sabré que ha llegado por mí, pero me gusta más la idea de esperarlo aquí, y ver el bosque por última vez desde el portal de mi casa. Entonces mi querido nieto, es probable que Peto no regrese, y que mañana no me encuentres. Ahora déjame tomar este tazón de leche junto a ti, mientras esperamos al Cuscungo.

No sabía qué hacer ni qué pensar. Me daba mucha curiosidad: una parte de mi quería ver a Peto transformado en lechuza; pero definitivamente no quería que se llevara a mi abuelo.

Fuere como fuere, no permitiría que nadie se lo llevara; apenas él terminó su jarro de leche, volvió a posar su mirada en la copa de los árboles. Yo mientras tanto, tomé su jarro ya vacío y lo llevé a la cocina; luego fui hasta el patio trasero por una bolsa de yute; en ella reuní toda piedra pequeña y que pueda pudiese lanzar. Tomé tantas piedras que no pude levantar la bolsa, así es que  tuve que arrastrarla, crucé los campos de trigo y también los maizales, en dirección al bosque. En cuanto llegué, lancé piedra por piedra hacia cada ave que veía; de esta forma evitaría que cualquier ave, o Peto transformado en el Cuscungo se acercara hasta mi casa, y mejor aún, hasta mi abuelo. Me estaba cansando más rápido de lo que pensé, pues las copas de los árboles eran muy altas, pero tenía tanta furia que empecé a lanzar y a lanzar las piedras a todo árbol que encontraba sin saber con exactitud si había o no un pájaro en ellos.

Luego de lanzar una gran pedrada a lo que creí fue una ave, pude ver como esta se venía hacia mí en picada. Me aterroricé al ver como el ave abría sus enormes alas. El Cuscungo, pensé; ahora seré yo a quien se llevará, pero para cuando traté de correr, me tropecé con las raíces de los árboles y el ave cayó sobre mí; me golpeó la cabeza y me hizo perder la conciencia.

Pasé largo rato inconsciente. Para cuando desperté, sentí unos pequeños golpes en mi rostro; me asusté sobremanera, pues pensé que era el Cuscungo que todavía estaba sobre mí. Abrí los ojos con mucho miedo, pero mientras lo hacía pude escuchar la voz de mi hermano repitiendo:

– Rogelio, Rogelio despierta, Rogelio-  sujetaba mi cabeza y con su pañuelo húmedo me frotaba la frente, yo lo ignoraba y empecé a gritar fuertemente abrazándome a él:

– ¡Hermano, cuidado, el Cuscungo anda suelto! Y se llevará al abuelo, ¡hermano, cuidado!

– Tranquilo Rogelio, no pasa nada, no hay ningún Cuscungo aquí.

– Sí hermano, sí lo hay, ¡mira! Me golpeó la cabeza y me hizo este chichón.

– Lo que te provocó el chichón fue este huicundo que cayó del árbol. Lo que no entiendo es… ¿por qué estás aquí en medio del bosque y con esta bolsa llena de piedras?

– Hermano, traje esta bolsa de piedras para ahuyentar al Cuscungo del bosque, quiero que se aleje, para que esta noche no venga por el abuelo, así es que vine a echarle piedras a él y a todas las aves que se le parezcan.

– Jajajaja, -mi hermano empezó a reír como loco-. Mira Rogelio, jaja- seguía riendo – no existe el Cuscungo, lo que el abuelo llama Cuscungo no es otra cosa que una lechuza común y corriente, que se acerca a las casas del campo a cazar a los ratones que se comen las mazorcas y los granos del trigo, pero nunca se llevan a los abuelos, tampoco a los enfermos. El abuelo, siempre que viene la época de cosecha de maíz y trigo, sale a esperar al Cuscungo y se pone muy triste, pero éste nunca se lo lleva. Tú no lo recuerdas porque eres muy pequeño y antes no te habías dado cuenta de lo que hacia el abuelo, pero si te fijas bien, ya verás. Confía en mí, te lo digo porque esto me lo enseñaron en la escuela.

Así fue que recogimos juntos la bolsa de piedras y regresamos a casa. Para cuando llegamos, el sol estaba ocultándose tras las montañas dejando un cielo púrpura detrás. El abuelo seguía sentado en el portal de la casa, hasta que llegó la noche. Mamá lo obligó a entrar. Todos se fueron a dormir, todos menos mi abuelo. Cuando todo era oscuridad, se escuchó cantar al Cuscungo desde el capulí del patio trasero, y era verdad, por momentos parecía el llanto de un niño recién nacido que tiene mucha hambre. Quería levantarme de la cama para estar junto al abuelo, pero debía confiar en mi hermano.

No pude pegar un ojo en toda la noche, hasta que al fin amaneció. Salí corriendo al dormitorio del abuelo, y descubrí que él aún estaba ahí, recostado en su cama, cansado por tan larga espera. ¡El Cuscungo no se lo había llevado! Yo estaba lleno de alegría. Después de abrazarle, abrí la puerta trasera de casa y descubrí al Cuscungo volar en dirección al bosque con el último ratón de su cena en las afiladas garras.

Todavía no se si Peto es en realidad el Cuscungo, pues nunca más volvió, pero lo que si es cierto es que mientras el Cuscungo esté cerca de casa, los ratones y bichos no se comerán el maíz ni el trigo, que son el sustento de mi familia y el esfuerzo de toda la vida de mi abuelo.

MAMÁ CARNERO

Autor: Luis Morales

Todos se habían reunido para celebrar el cumpleaños del abuelo. En esa especial ocasión, la familia de don Antonio quería festejar a lo grande el cumpleaños número 70 del patriarca de la familia, una edad que en ese entonces se consideraba difícil de alcanzar para cualquier persona.  El abuelo había nacido al empezar el siglo XIX, en 1801.

Aquel día de conmemoración fue completo: en la mañana, el sacerdote -que era el confesor y consejero familiar-, ofició una misa de agradecimiento por la longevidad de don Antonio Bastidas. Al mediodía, sirvieron un abundante almuerzo con gallina, cerdo, cuyes, además de choclos y mote cocinado; concluyeron la comilona con biscochuelo y manjar  de leche.  En la tarde, se improvisó un sarao, en el que todos animaron para que el abuelo participe; después de bailar dos piezas, don Antonio se sintió cansado y prefirió salir al patio para tomar el sol de la tarde en compañía de sus nietos.

***

Apenas se acomodó en el patio, niños de todas las edades le rodearon. Querían saber lo que se siente tener tantos años encima, la manera cómo había alcanzado la respetable edad que ostentaba, y otras tantas cosas que a los niños les gusta preguntar:

– ¿Qué se siente tener esa edad, abuelito?

– ¿Cómo era la vida en la época colonial?

-¿Usted peleó en la Batalla del Pichincha?

-No, claro que no.  En las tropas del general Sucre, prácticamente no había quiteños, y el general Aymerich tampoco reclutaba quiteños para el ejército realista, por temor de que nos pasemos al otro bando; él sabía que los quiteños éramos los primeros en buscar la independencia, ya lo habíamos probado anteriormente.

– ¿Cuándo? – preguntó uno de los nietos.

– Pues, en 1809, en 1810 y en 1812.  En ese año pudimos lograr la independencia, pero por un error perdimos la Batalla del Panecillo.

-¿Y qué batalla fue esa? – preguntó otro de los nietos.

– Fue una batalla muy importante y… saben, yo estuve allí.

– ¡Cuéntenos, abuelito! ¡Cuéntenos, por favor! pidieron los nietos.

– Está bien, atiendan: Quito estaba en pie de guerra contra España, el coronel Carlos Montúfar había roto los vínculos que unían a la Audiencia de Quito con los virreinatos de Lima y Santa Fe; por lo tanto, la guerra se hizo inevitable.  Los quiteños nos armamos como pudimos: se lograron reunir 800 fusiles; en una gran minga, bajamos las campanas de las iglesias y las llevamos a la hacienda de Chillo; de allí salieron convertidas en cañones. Se fundieron como 40 piezas, entre cañones regulares, cañones pedreros, culebrinas y morteros. Todos los tinteros de Quito fueron convertidos en municiones, pues eran de plomo. A alguien se le ocurrió inventar un cohete volador, con garfios de hierro envenenados, y los chicos nos dedicamos a fabricar municiones de barro endurecido, todo servía.  De esa manera nos preparamos para enfrentar al ejército del general  español Toribio Montes.

El día anterior a la batalla, mi papá llegó muy emocionado y preocupado a la casa:           – Mañana es el día decisivo- dijo. Él era miliciano del ejército patriota, estaba con el coronel Montúfar.

– Mi coronel Montúfar ha pedido a los quiteños que suban al Panecillo para hacer bulto y para que los chapetones crean que hay un gran ejército que los espera -nos dijo.

Los guambras nos entusiasmamos; queríamos subir al cerro, al Panecillo en plan de guerra.  Nuestras madres se opusieron a que cometamos semejante barbaridad por el peligro que acarreaba; pero mi padre explicó que no había ningún peligro en el Panecillo, ya que era el lugar mejor defendido de la ciudad: la artillería defendía el sitio y nadie se atrevería a atravesar esa línea de fuego.  Fue por eso que el coronel Montúfar pidió a la gente que suba al Panecillo, porque no había ningún peligro y solamente harían bulto.

El Coronel estaba tan seguro de que el Panecillo era un sitio inexpugnable, que no puso gente armada para que lo defendiera. Quedaron solamente los artilleros, al mando de alguien que no sabía nada balística ni de cuestiones militares: era el abogado don Ignacio Ortiz, quien lo único que iba a hacer era ordenar el disparo de los cañones colocados en un fortín improvisado, con el frente al sur, en un sector casi perpendicular.

El ejército del general Toribio Montes se componía de tres divisiones: la una atacó por el río Machángara; la segunda atacó por el arco de la Magdalena, y la que él mandaba, atacó el Panecillo.

Cuando los realistas arremetieron, fueron repelidos enérgicamente por las milicias quiteñas, tanto en el Machángara como en la Magdalena.  Montes, al ver el fracaso de sus dos divisiones, replegó sus líneas al centro y protegió su flanco con cuatro cañones, con el fin de que su vanguardia trepe por el Panecillo.  El abogado Ortiz, luego de observar el movimiento realista,  rompió fuego de sus cañones.

Todos los chiquillos que subimos para hacer bulto, nos preparamos para la guerra. Nuestros padres nos permitieron todos esos preparativos, porque creyeron que no había ningún peligro en las alturas del cerro.

Para el combate fuimos cargando espadas de madera, varas de rengo que nuestras madres usaban como bastones para trepar; también llevamos nuestras hondas, que ustedes llaman guaracas, y que sabíamos utilizarlas bien.

¡Ah! Nosotros creíamos que podíamos hacer la guerra a los chapetones; estábamos deseosos de entrar en combate.  Pero eso de hacer bulto resultó algo muy aburrido. Luego de más de dos horas de estar parados o sentados sin hacer nada, cansados y aburridos, un grupo de guambras decidimos practicar tiro al blanco con nuestras hondas.

Unas dos docenas de guambras nos pusimos de acuerdo para jugar a la guerra: trepamos hasta la cima con nuestras armas de juguete; nos atacábamos con las varas de rengo como si fueran picas; otros practicaban esgrima. Luego comenzamos a practicar tiro al blanco. En esos momentos, comenzaron a rugir nuestros cañones; era impresionante el ruido.

Nos acercamos a un borde para ver cómo disparaban, pero luego regresamos a seguir lanzando guijarros con nuestras hondas. El ruido de los cañonazos nos molestaba un poco, teníamos que hablar a gritos, pero pronto nos acostumbramos y seguimos jugando a la guerra.

Luego de un rato, no sé cuánto tiempo sería, el ruido de los cañones cesó de pronto. Fue reemplazado por los gritos de la gente y disparos de fusilería. El ejército realista había logrado trepar la colina sin sufrir daño alguno.

-¿Cómo lograron subir? – preguntaron los nietos.

– El abogado Ortiz, como no sabía nada de balística, no se dio cuenta de que sus proyectiles estallaban muy lejos de la pendiente, a espaldas de los atacantes, por lo que ellos siguieron subiendo tranquilamente sin ser afectados. Ya arriba, los soldados perseguían a los quiteños; estos, más que correr, rodaban colina abajo. Nosotros, en la cumbre, no sabíamos lo que pasaba.

En medio de esa trifulca, nuestras madres treparon agitadas hasta donde nosotros jugábamos; atrás de ellas aparecieron seis soldados que se habían desprendido del grupo principal para ver dónde se dirigían esas mujeres.

– ¡Corran, guambras, hay peligro!  -gritó una de ellas mientras corría hacia nosotros.         Los muchachos nos quedamos confundidos, sin atinar qué hacer, cuando vimos los morriones de los soldados que subían una gradiente; entonces dimos la alarma.

Los soldados subían ayudándose con sus fusiles. Como dos de nosotros teníamos las guaracas listas para disparar, las agitamos y lanzamos sendos proyectiles contra los soldados. Por coincidencia, las dos pedradas le dieron  a uno de ellos, una en la cabeza y otra en el cuello. Debido a los impactos, perdió el equilibrio se desplomó y rodó por la ladera.  Al ver caer a su compañero, los otros soldados terminaron de subir y nos apuntaron con sus fusiles. Todos los chicos nos quedamos paralizados mientras nos apuntaban.

Mi madre, desesperada, dio la vuelta y se lanzó contra los soldados gritando: “Sólo son guambras”. Atacó como un carnero furioso, dándole un fuerte cabezazo a uno de los soldados que, como estaba en el borde de un declive, cayó rodando colina abajo.

Otro de los soldados le dio un culatazo en la espalda a mi madre. Yo cogí una espada de madera para defenderla. Las otras madres, al ver la valentía de mamá, atacaron a los soldados con uñas y dientes; fueron recibidas a culatazos, pero ellas eran más, y derribaron a dos soldados.

Con el ejemplo de nuestras madres, nosotros también arremetimos contra los soldados con las espadas de madera.  Los soldados no pudieron resistir la embestida de nueve madres y más de veinte chiquillos que les golpeábamos sin piedad.

Cuando ya no pudieron defenderse, dejamos de golpearles, quedaron allí tendidos, sin ánimos de levantarse… los orgullosos soldados del Rey.

Luego de lo acontecido, nos quedamos mirando todos y, sin decir palabra, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, corrimos hacia el otro lado de la cima, bajamos al barrio de San Sebastián llevándonos los cuatro fusiles de los soldados.

En la placeta de San Sebastián, los cañones aún disparaban a los realistas que intentaban penetrar por el río Machángara. Entregamos los fusiles a los milicianos y les comunicamos que la defensa del Panecillo estaba rota. Quedaron desconsolados: tenían que huir, era obvio,  Quito había perdido la guerra contra España.

***

Reinaldo, el hijo menor del abuelo cumpleañero, que había estado oyendo el relato de su padre, exclamó:

– ¡Yo nunca había oído esa historia, papá!

Don Antonio, sonriendo, le dijo:

-Es que a tu abuela no le gustaba contar ni que contemos esa historia.

-Pero, ¿por qué?  Ella fue una verdadera heroína, arriesgó todo para proteger a sus hijos.

-Tienes razón. Es que a partir de aquel día, la gente le puso el apodo de Mamá Carnero, y a ella no le gustaba que la llamaran así, detestaba ese apodo. Por eso, nunca se manifestó como heroína, ni convenía en la época del dominio colonial, porque, a pesar de todo, hicimos nuestro pequeño aporte a la Revolución Quiteña.

Quiero compartir historias que pretendan motivar espacios de expresión entre los seres que habitamos la urbe y que ansiamos comentar cada paso que damos por la calle, por el trabajo, por nuestra casa, en donde nos encontramos con otros seres… o solos

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