MAMÁ CARNERO
Autor: Luis Morales
Todos se habían reunido para celebrar el cumpleaños del abuelo. En esa especial ocasión, la familia de don Antonio quería festejar a lo grande el cumpleaños número 70 del patriarca de la familia, una edad que en ese entonces se consideraba difícil de alcanzar para cualquier persona. El abuelo había nacido al empezar el siglo XIX, en 1801.
Aquel día de conmemoración fue completo: en la mañana, el sacerdote -que era el confesor y consejero familiar-, ofició una misa de agradecimiento por la longevidad de don Antonio Bastidas. Al mediodía, sirvieron un abundante almuerzo con gallina, cerdo, cuyes, además de choclos y mote cocinado; concluyeron la comilona con biscochuelo y manjar de leche. En la tarde, se improvisó un sarao, en el que todos animaron para que el abuelo participe; después de bailar dos piezas, don Antonio se sintió cansado y prefirió salir al patio para tomar el sol de la tarde en compañía de sus nietos.
***
Apenas se acomodó en el patio, niños de todas las edades le rodearon. Querían saber lo que se siente tener tantos años encima, la manera cómo había alcanzado la respetable edad que ostentaba, y otras tantas cosas que a los niños les gusta preguntar:
- ¿Qué se siente tener esa edad, abuelito?
- ¿Cómo era la vida en la época colonial?
-¿Usted peleó en la Batalla del Pichincha?
-No, claro que no. En las tropas del general Sucre, prácticamente no había quiteños, y el general Aymerich tampoco reclutaba quiteños para el ejército realista, por temor de que nos pasemos al otro bando; él sabía que los quiteños éramos los primeros en buscar la independencia, ya lo habíamos probado anteriormente.
- ¿Cuándo? – preguntó uno de los nietos.
- Pues, en 1809, en 1810 y en 1812. En ese año pudimos lograr la independencia, pero por un error perdimos la Batalla del Panecillo.
-¿Y qué batalla fue esa? – preguntó otro de los nietos.
- Fue una batalla muy importante y… saben, yo estuve allí.
- ¡Cuéntenos, abuelito! ¡Cuéntenos, por favor! pidieron los nietos.
- Está bien, atiendan: Quito estaba en pie de guerra contra España, el coronel Carlos Montúfar había roto los vínculos que unían a la Audiencia de Quito con los virreinatos de Lima y Santa Fe; por lo tanto, la guerra se hizo inevitable. Los quiteños nos armamos como pudimos: se lograron reunir 800 fusiles; en una gran minga, bajamos las campanas de las iglesias y las llevamos a la hacienda de Chillo; de allí salieron convertidas en cañones. Se fundieron como 40 piezas, entre cañones regulares, cañones pedreros, culebrinas y morteros. Todos los tinteros de Quito fueron convertidos en municiones, pues eran de plomo. A alguien se le ocurrió inventar un cohete volador, con garfios de hierro envenenados, y los chicos nos dedicamos a fabricar municiones de barro endurecido, todo servía. De esa manera nos preparamos para enfrentar al ejército del general español Toribio Montes.
El día anterior a la batalla, mi papá llegó muy emocionado y preocupado a la casa: – Mañana es el día decisivo- dijo. Él era miliciano del ejército patriota, estaba con el coronel Montúfar.
- Mi coronel Montúfar ha pedido a los quiteños que suban al Panecillo para hacer bulto y para que los chapetones crean que hay un gran ejército que los espera -nos dijo.
Los guambras nos entusiasmamos; queríamos subir al cerro, al Panecillo en plan de guerra. Nuestras madres se opusieron a que cometamos semejante barbaridad por el peligro que acarreaba; pero mi padre explicó que no había ningún peligro en el Panecillo, ya que era el lugar mejor defendido de la ciudad: la artillería defendía el sitio y nadie se atrevería a atravesar esa línea de fuego. Fue por eso que el coronel Montúfar pidió a la gente que suba al Panecillo, porque no había ningún peligro y solamente harían bulto.
El Coronel estaba tan seguro de que el Panecillo era un sitio inexpugnable, que no puso gente armada para que lo defendiera. Quedaron solamente los artilleros, al mando de alguien que no sabía nada balística ni de cuestiones militares: era el abogado don Ignacio Ortiz, quien lo único que iba a hacer era ordenar el disparo de los cañones colocados en un fortín improvisado, con el frente al sur, en un sector casi perpendicular.
El ejército del general Toribio Montes se componía de tres divisiones: la una atacó por el río Machángara; la segunda atacó por el arco de la Magdalena, y la que él mandaba, atacó el Panecillo.
Cuando los realistas arremetieron, fueron repelidos enérgicamente por las milicias quiteñas, tanto en el Machángara como en la Magdalena. Montes, al ver el fracaso de sus dos divisiones, replegó sus líneas al centro y protegió su flanco con cuatro cañones, con el fin de que su vanguardia trepe por el Panecillo. El abogado Ortiz, luego de observar el movimiento realista, rompió fuego de sus cañones.
Todos los chiquillos que subimos para hacer bulto, nos preparamos para la guerra. Nuestros padres nos permitieron todos esos preparativos, porque creyeron que no había ningún peligro en las alturas del cerro.
Para el combate fuimos cargando espadas de madera, varas de rengo que nuestras madres usaban como bastones para trepar; también llevamos nuestras hondas, que ustedes llaman guaracas, y que sabíamos utilizarlas bien.
¡Ah! Nosotros creíamos que podíamos hacer la guerra a los chapetones; estábamos deseosos de entrar en combate. Pero eso de hacer bulto resultó algo muy aburrido. Luego de más de dos horas de estar parados o sentados sin hacer nada, cansados y aburridos, un grupo de guambras decidimos practicar tiro al blanco con nuestras hondas.
Unas dos docenas de guambras nos pusimos de acuerdo para jugar a la guerra: trepamos hasta la cima con nuestras armas de juguete; nos atacábamos con las varas de rengo como si fueran picas; otros practicaban esgrima. Luego comenzamos a practicar tiro al blanco. En esos momentos, comenzaron a rugir nuestros cañones; era impresionante el ruido.
Nos acercamos a un borde para ver cómo disparaban, pero luego regresamos a seguir lanzando guijarros con nuestras hondas. El ruido de los cañonazos nos molestaba un poco, teníamos que hablar a gritos, pero pronto nos acostumbramos y seguimos jugando a la guerra.
Luego de un rato, no sé cuánto tiempo sería, el ruido de los cañones cesó de pronto. Fue reemplazado por los gritos de la gente y disparos de fusilería. El ejército realista había logrado trepar la colina sin sufrir daño alguno.
-¿Cómo lograron subir? – preguntaron los nietos.
- El abogado Ortiz, como no sabía nada de balística, no se dio cuenta de que sus proyectiles estallaban muy lejos de la pendiente, a espaldas de los atacantes, por lo que ellos siguieron subiendo tranquilamente sin ser afectados. Ya arriba, los soldados perseguían a los quiteños; estos, más que correr, rodaban colina abajo. Nosotros, en la cumbre, no sabíamos lo que pasaba.
En medio de esa trifulca, nuestras madres treparon agitadas hasta donde nosotros jugábamos; atrás de ellas aparecieron seis soldados que se habían desprendido del grupo principal para ver dónde se dirigían esas mujeres.
- ¡Corran, guambras, hay peligro! -gritó una de ellas mientras corría hacia nosotros. Los muchachos nos quedamos confundidos, sin atinar qué hacer, cuando vimos los morriones de los soldados que subían una gradiente; entonces dimos la alarma.
Los soldados subían ayudándose con sus fusiles. Como dos de nosotros teníamos las guaracas listas para disparar, las agitamos y lanzamos sendos proyectiles contra los soldados. Por coincidencia, las dos pedradas le dieron a uno de ellos, una en la cabeza y otra en el cuello. Debido a los impactos, perdió el equilibrio se desplomó y rodó por la ladera. Al ver caer a su compañero, los otros soldados terminaron de subir y nos apuntaron con sus fusiles. Todos los chicos nos quedamos paralizados mientras nos apuntaban.
Mi madre, desesperada, dio la vuelta y se lanzó contra los soldados gritando: “Sólo son guambras”. Atacó como un carnero furioso, dándole un fuerte cabezazo a uno de los soldados que, como estaba en el borde de un declive, cayó rodando colina abajo.
Otro de los soldados le dio un culatazo en la espalda a mi madre. Yo cogí una espada de madera para defenderla. Las otras madres, al ver la valentía de mamá, atacaron a los soldados con uñas y dientes; fueron recibidas a culatazos, pero ellas eran más, y derribaron a dos soldados.
Con el ejemplo de nuestras madres, nosotros también arremetimos contra los soldados con las espadas de madera. Los soldados no pudieron resistir la embestida de nueve madres y más de veinte chiquillos que les golpeábamos sin piedad.
Cuando ya no pudieron defenderse, dejamos de golpearles, quedaron allí tendidos, sin ánimos de levantarse… los orgullosos soldados del Rey.
Luego de lo acontecido, nos quedamos mirando todos y, sin decir palabra, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, corrimos hacia el otro lado de la cima, bajamos al barrio de San Sebastián llevándonos los cuatro fusiles de los soldados.
En la placeta de San Sebastián, los cañones aún disparaban a los realistas que intentaban penetrar por el río Machángara. Entregamos los fusiles a los milicianos y les comunicamos que la defensa del Panecillo estaba rota. Quedaron desconsolados: tenían que huir, era obvio, Quito había perdido la guerra contra España.
***
Reinaldo, el hijo menor del abuelo cumpleañero, que había estado oyendo el relato de su padre, exclamó:
- ¡Yo nunca había oído esa historia, papá!
Don Antonio, sonriendo, le dijo:
-Es que a tu abuela no le gustaba contar ni que contemos esa historia.
-Pero, ¿por qué? Ella fue una verdadera heroína, arriesgó todo para proteger a sus hijos.
-Tienes razón. Es que a partir de aquel día, la gente le puso el apodo de Mamá Carnero, y a ella no le gustaba que la llamaran así, detestaba ese apodo. Por eso, nunca se manifestó como heroína, ni convenía en la época del dominio colonial, porque, a pesar de todo, hicimos nuestro pequeño aporte a la Revolución Quiteña.